viernes, 20 de abril de 2012

Como niños

Abriendo (alegóricamente) la cabeza
Los antiguos decían que la alquimia era cosa de niños, y esto se puede entender a muchos niveles, como viene siendo habitual. Hay quien opina que esto es tan solo una metáfora más para darnos indicaciones laboriales. Sin ir más lejos, he llegado a oir que es una pista para trabajar con la orina como materia primera, esgrimiendo argumentos en mi opinión algo débiles, que no hacen más que intentar que la realidad encaje en nuestra cuadriculada opinión personal.

Sin embargo, a mí me gustaría llevarlo a un plano más trascendente. Para practicar alquimia hay que ser como niños porque tenemos que tener una mente y un corazón vírgenes, puros y que no esté previamente ocupado por perniciosas ideas preconcebidas. A la alquimia hay que acercarse desnudo, como vienen los niños al mundo. No se pueden traer pensamientos ni ideas de casa, es necesario vaciar la cabeza y el espíritu, pues lo que encontramos aquí es la lógica que está detrás de la lógica, la razón más allá de la razón, el Espíritu más allá del espíritu. Jamás un científico (empleado su modo de pensar científico, claro) podrá alcanzar la Piedra, porque sus propios prejuicios le bloquean ante una manera de pensar que no sigue su método.

Para encontrar nuestra Piedra, hay que trasladarse a la parte posterior del mundo, hay que trascender de nuestro quehacer cotidiano, hay que ampliar nuestra visión, darle nuevos horizontes, y ver el universo entero como un todo, adquirir una visión holística del mundo, general y compleja, pero infinitamente sutil y dulce. Así es como podremos tener una mente herméticamente analista, y así es como se nos revelará el secreto de la creación, de la generación y de la muerte para, con estos conocimientos teóricos, poder comenzar nuestra Gran Obra.

En definitiva, la alquimia requiere comprender un paradigma nuevo, que no se puede contar y al que solo se puede acceder por uno mismo. Es una autoiniciación, es una revelación, es el Donum Dei de los antiguos, es el Verbum Dimissum. Y yo, en mi humildad, aunque no creo que sea una cuestión divina, desde luego opino que la alquimia no puede ser un simple pasatiempo, sino algo que requiere un compromiso vital con uno mismo.

jueves, 12 de abril de 2012

La Materia Primera de Fulcanelli

La diosa egipcia Bastet
Se suele aceptar el hecho de que Fulcanelli utilizaba el mineral de la estibina como Materia Primera de su Obra; sin embargo, una persona me mostró algunas pruebas que refutaban esta teoría.

En primer lugar, observése este fragmento de El Misterio de las Catedrales (1925):
[...] En cuanto al sujeto grosero de la Obra, unos lo llaman Magnesia lunar, otros, más sinceros, lo denominan Plomo de los Sabios, Satumia vegetable. Philaléthe, Basilio Valentin y el Cosmopolita le dan el nombre de Hijo o Niño de Satumo. Con estas denominaciones, refiéranse, ora a su propiedad magnética y de atracción del azufre, ora a su calidad de fusible y a su fácil licuefacción. Para todos ellos, es la Tierra Santa (Terra Sancta): y, en fin, este mineral tiene por jeroglífico celeste el signo astronómico del Cordero (Aries), Gala significa, en griego, leche, y el mercurio es llamado también Leche de Virgen (lac virginis). Si prestáis, pues, atención, hermanos míos, a lo que hemos dicho sobre la galette de Reyes, y si sabéis por qué los egipcios divinizaron al gato, no podréis tener ya ninguna duda sobre el sujeto que debéis elegir; su nombre vulgar se os aparecerá con toda claridad. [...] 

miércoles, 11 de abril de 2012

El ángel caído

En el Parque del Retiro, en Madrid, hay una curiosa fuente. En ella se puede apreciar a Lucifer siendo expulsado del cielo, expresándose en su rostro tan poco gloriosa caída.

El escultor fue el señor Ricardo Bellver, que realizó la escultura principal en 1877. Ignoro si era conocedor de la simbología hermética, pero realmente no lo creo; aún así, no hace falta saber de alquimia para representar un motivo alquímico, pues en esta obra lo que se muestra es un mito bien arraigado, al que le voy a dar una perspectiva relativa al motivo de este blog.

La escultura de bronce parece, desde luego, estar viva. El ángel, que aún posee alas, es expulsado del cielo, al cual dirige su mirada, dibujando un grito silencioso con su metálica garganta. Se lleva una mano a la cabeza, como intentando guardar el equilibrio, cosa que no puede llevar a cabo pues, enredada en sus piernas, una serpiente le atrapa desde el suelo, fijándolo a la tierra, como sello de su condena, encadenándolo a la tierra.

Según mi humilde opinión, Lucifer no es otro que el mismísimo Espíritu Universal, que desciende a la Tierra. Es expulsado, o más bien "emado" del mismo centro del Cielo: aquel lugar de donde proviene le manda hacia abajo, de forma violenta, sin que se pueda negar, por más que lo intenta, ya que es su destino, el final de su aventura rebelde. Es un final que no desea, como ser espiritual y puro, gusta del mundo volatilísimo del que proviene, y su caída le causa gran dolor.

Y no es para menos, pues en su viaje hacia este valle de lágrima va adquiriendo, cada vez más, una sustancia grosera, que surge en su camino, y que le va haciendo cada vez más corpóreo, más denso, más sulfuroso. Su naturaleza, antes mercurial y volátil, se torna ahora escamada en azufre, motivo que es representado por la serpiente, que se aferra a él, hasta transmutarlo completamente en lo contrario a lo que era, atándolo a la Tierra, auténtica prisión para el espíritu.

Y ahí es donde reside su maldición: el haber sido cambiados sus principios más íntimos, con el único fin de traer, desde lo alto, un girón sucio de estrellas, un trocito de luz hecho tinieblas, un pedacito de aquella sustancia infinita que es la creadora de todas las cosas, convertida ahora en carne y barro. Su destino, crudísimo, no es más que cumplir aquella ley hermética que proclama que todo es igual arriba como lo es abajo, y que nuestro mundo, grosero y sucio, no podría existir si no existe también un lugar opuesto, sutil y puro.
Quod est inferius est sicut quod est superius, et quod est superius est sicut quod est inferius, ad perpetranda miracula rei unius.
Por esta sufrida misión y por este tremendo sacrificio, que no es otro que ser el martillo con el que se construyó el mundo, no tengo más que decir: gracias Lucifer.